17.6.17

La rebelión de las plantas





Pocas cosas me gustan más que las plantas de interior, pocas me gustan menos que las plantas desparramadas. Nada desparramado me gusta. Ni las plantas, ni el agua de arroz cuando hierve, ni los cabellos eternos revoloteados, ni mi cadera.

Casi todas las plantas que tengo me las regaló Mónica. Ella vio mi casa un poco apagada así que un día apareció con varias ramitas de distintos sabores. Al dármelas, me dijo que las ponga en agua que iban a enraizar rápido, y así fue. Crecieron hermosas y verdes, estaban muy cómodas en su nuevo hogar, mi casa. De a poco se adueñaron de las macetas más lindas, de la máquina de coser, de los troncos posamacetas y de algunos rincones despoblados.

Un día me levanté y estaban todas mis plantas en la cocina tomando mate y esperándome para hablar. El tema parecía ser serio, es sabido que las plantas no arman asamblea porque si.

Cuando se dieron cuenta que las observaba me ofrecieron un mate caliente, campechano y lleno de espumita, y me plantearon la problemática sin rodeos. Aparentemente el espacio les estaba quedando un poco chico y ya habían crecido demasiado como para vivir todas juntas. Dijeron que necesitaban extender sus fronteras, expandirse por otros rincones, y el techo de la casa les parecía ideal. Me reclamaron que no les prestaba la atención suficiente, que los tutores no eran demasiado firmes, que las guías no estaban como se supone que deberían y que el abono era escaso por eso nunca lograban el verde de moda. Como si fuera poco la planta que oficiaba de líder, un potus que tengo hace mil años, me dio un ultimátum, si no obtenían una pronta respuesta iban a crecer por el piso como baba de sapo en estanque. Así de cortita la hicieron.

Plantas de porquería, con todo el amor que les di me vienen a armar piquete.

Por supuesto que no pude responder en el momento, no salía del estupor, pero tras meditarlo esa noche supe lo que tenía que hacer. 

Me levanté antes del amanecer y sin subir las persianas, para no avivar a las ingratas, con una trincheta amarilla comencé a rebanar tronquitos y ramitas y a demostrarles quién manda. Algunas sangraron tras la cuchillada, pero debo admitir que, en general, soportaron bastante bien. 

Sin embargo, al ver esa maraña de hojas moribundas, me conmoví, y en un impulso mesiánico agarré las que tenían posibilidad de sobrevida y las puse en frasquitos con agua. Armé ramitos lindos como para una novia. 
Las cuidé, aboné y les pedí disculpas por recortarlas sin mesura.

Varios días después, las plantitas enfrascadas enraizaron, crecieron, pidieron maceta y abono. Comenzaron a ocupar la biblioteca, el mueble del baño, el hall de entrada y siguieron creciendo. Siguen creciendo, un montón. 

Que puedo decir, es sabido como continúa la novela. Me temo que mis plantas de verde brillante en breve se amotinarán, me pedirán espacio y esas cosas que hacen las plantas desconformes, y yo tendré que levantarme a sacrificarlas, ahora cruelmente con tijera porque evidentemente la trincheta no alecciona lo necesario. Espero que esta vez sea sin culpa,  aunque por las dudas estoy juntando frascos. 

Mariana 

© Pasquín SistólicoMaira Gall